Al encuentro de la piel del deseo.

Todos eran indios, el viento arrastraba sus palabras en hindi hasta los árboles. Me sentía como un forastero en ese santuario de tigres, mi español flotaba en mi mente pero sabía que todos pensábamos lo mismo sin importar el lenguaje ¿Dónde están? (Foto 1: el jeep)

Todo comenzó por la mañana, dicen que no es fácil ver tigres en la reserva, ya que son muy pocos y el terreno es muy basto, por lo que era de buena suerte avistar uno. De hecho, mientras esperaba en el hotel a que los organizadores del tour pasaran por mí, las personas del lobby platicaron conmigo y me regalaron una pulsera roja, la cual no era más que un hilo amarrado a mi muñeca. «Es para la buena suerte» dijeron. Yo lo creí firmemente. En algún momento del avistamiento este pequeño amigo se detuvo a descansar en nuestro jeep. (Foto 2: el pájaro)

Los tigres estaban evasivos, comenzaba a creer que en verdad era difícil verlos, por algunas horas estuvimos siguiendo un rastro que parecía llevar a ninguna parte. Sin embargo la naturaleza nos daba premios de consolación. Hermosos pavoreales salvajes paseaban con la cola gacha, despreocupados de la apariencia, ante el sol matinal lo mejor era buscar un poco de agua para refrescarse. Los venados caminaban con ligereza y elegancia, este macho nunca bajó la cabeza, me observaba para delimitar hasta dónde era prudente acercarme mientras las hembras bebían del pequeño estanque. Pocas veces he sentido tanta fuerza en una mirada. (Foto 3: venados en el estanque)

Hermoso, impasible y despreocupado. Sus patas conocen el camino, sus huellas permanecen en el polvo que arrastra el viento, pasos aéreos. Exponencial evolución su camuflaje, piel de sombras, fuego desértico y luz de huesos. Reconoce a su hermano el árbol, lo respira, lo siente, lo abraza suavemente con esa boca mortal. Los ruidos a su alrededor no le desconcentran, sabe que entre su garganta existe una explosión vibratoria que, de así quererlo, enmudece el valle. No alardea, no tiene por qué hacerlo y nosotros lo sabemos. (Foto 4: el tigre y el árbol)

Debido a la dificultad para ver tigres en su estado natural, no quise dejar mi suerte a una sola posibilidad, por lo que compré un paquete para un viaje en la mañana y otro en la tarde. Al regresar al hotel después de la visita matinal, los encargados del hotel me preguntaron si había tenido suerte, y les dije que la pulsera había funcionado y que tenía otra oportunidad unas horas más tarde. Con una sonrisa me dijeron «ya has sido bendecido, no creemos que los veas dos veces en el mismo día» yo también sonreí. (Foto 5: el tigre evasivo)

Los restos del otoño alfombran sus majestuosas pisadas, cobre quebrado bajo sus afiladas zarpas. Ocultarse ante los rayos del sol es su especialidad, los dioses mismos castigaron sus flancos, dibujando caprichosos senderos negros en su piel, un laberinto de sombras para pasar desapercibido, la belleza viva del asiento de Shiva, libertad del deseo y las pasiones, antes de la meditación, el tigre debe rugir hasta cimbrar el sonido no tañido que duerme en la jungla del corazón. (Foto 6: la piel del deseo)

*Fotografías por Pablo Carrillo

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