Bagshu

La vida se detiene un momento en Bagshu pero solo la ruidosa vida humana.

El pueblo es ahora un pueblo fantasma, la banca al lado del camino está vacía pero recién pintada, el viejo cartel del Bhagsu café es nuevo esta mañana para dar la bienvenida a nadie.

Los tejados escurren con la flojera propia de un día domingo a las seis de la mañana,

nadie quiere despertarse de ésta manera, mucho menos en fin de semana.

Las grandes y pequeñas piedras son ahora dignas de cualquier vitrina de joyas hermosas, brillantes en diversas tonalidades a escala de grises, es el color de la temporada.

Las basurillas son ahora adornos puestos para alegrar la mirada.

El poste de luz se fue a dormir y con él todas sus hijas, las bombillas, -Es domingo y no es necesario trabajar-, con este clima creen que no son necesarios, aunque muchos otros piensen lo contrario.

Me pregunto si en la naturaleza hay algo a lo que no le guste bañarse. Los árboles parecen algo disgustados, son como un hombre alto con abrigo y sombrero que ha sido empapado y gotea por todos lados.

Las imponentes montañas no parecen inmutarse ante este hecho pero sus pequeños riscos de tierra suelta lloran amargamente por cada terruño perdido.

Los ríos parecen los más contentos, tanto es así que se ensanchan de alegría, las casas viejas toman un tratamiento de rejuvenecimiento gratuito, sus colores se ven más vivos y sus caras más limpias.

La tierra es una gorda hambrienta que en silencio absorbe todo lo que puede hasta que se desborda y vomita lo que ya no le cabe, sin embargo eso no la detiene.

Pero de entre todos quien más parece disfrutarlo son esos pequeños charquitos que se forman en los techos, los caminos y las esquinas. Pequeñas alberquitas donde ramitas y pedacitos de basura toman un baño en las recién inauguradas piscinas públicas.

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